miércoles, 6 de noviembre de 2013

La primera vez suele ser muy o demasiado idealizada, quizás yo lo hice hasta el cansancio...
me equivoqué demasiado, no se si por el hecho de ser una soñadora o una idealista de las que ya no quedan...solo puedo decir que no es ningún poema o cuento de hadas, es algo físico, elemental, instintivo
casi primario, esa forma de reconocernos animales (que lo somos) y reproducir lo que reproducen miles y miles de personas en el mundo. Lo que sí me gusta me gustó es que haya sido con un hombre confiable en ese momento, seguro, decidido, un hombre que prendió incienso y me ofreció vino; un hombre que puso música y en un ambiente cálido y agradable, un hombre a quién yo conocía lo suficiente (de otra manera nunca lo hubiera hecho)...

Confié en él y no me defraudó, no en el sentido del cuidado y lo demás, lo que quizás me faltó fue volar, dejarme ir, desprenderme de lo terreno (justo yo que vuelo tanto) pero supongo que fue porque quise ser realista por una vez, quise pisar el suelo, ajustarme a mi nueva vida, a mis nuevos sueños, a mi nueva decisión.
No estoy arrepentida, fue una noche inolvidable, insustituible, fundacional. De esa noche nació la mujer, esta mujer que hoy soy o trato de ser, una mujer más segura y decidida, sin tantas vueltas, sin tanto rollo, como así fui de niña y adolescente. Hasta que conocí al que me hizo pasear miles de veces, al que me enseñó a dar vueltas y vueltas con su letargo, su indecisión, sus dudas, sus miedos, sus chiquilinadas. Me costó desprenderme de él, me costó sangre, sudor y lágrimas...pero gracias querido, porque también es gracias a vos que te pude dejar en la vera de mi vida.

La primera vez es y siempre será la primera, la que deja la gran huella, el gran paso, el cambio.

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